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    El camino del fuego: doce años de guerra de InformNapalm contra el Kremlin

    By anna | on 2026-08-21 | 0 Comment | Crimea | Factores de invasión | Guerra ruso-ucraniana | OSINT | Rusia | Ucrania
    • es
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    31 de marzo de 2026
    Por Chris Sampson | The Wire Tap

    El camino del fuego: doce años de guerra de InformNapalm contra el Kremlin

    “Ідучи стежиною самопізнання, ми неодмінно повертаємось до початку свого шляху, але з кожним колом підіймаємось над собою.”

    «Al recorrer la senda del autoconocimiento, inevitablemente regresamos al comienzo de nuestro camino, pero con cada nueva vuelta nos elevamos por encima de nosotros mismos».

    —Roman Burko, fundador de InformNapalm

    Este fin de semana, en Kyiv, una comunidad internacional de inteligencia voluntaria conmemoró en silencio sus doce años de existencia.

    Sin ceremonias. Sin comunicados de prensa. Sin celebraciones. Aquella mañana, InformNapalm anunció que dedicaría su aniversario a una jornada de memoria silenciosa: en recuerdo de los amigos que habían perdido y de los hermanos de armas que dieron su vida por Ucrania durante los años transcurridos desde que un puñado de personas metió sus ordenadores portátiles en unas mochilas, abandonó la Sebastopol ocupada por Rusia y desapareció en la noche. Después, al 30 de marzo lo llamarían el Día de la Primera Llama de la Palabra. Y volverían a empezar.

    Sin embargo, el mensaje del fundador de la comunidad contenía aquella mañana algo más que el dolor por las pérdidas. Encerraba toda una filosofía: una frase que, cuando se comprende lo que esta organización ha logrado realmente a lo largo de doce años de guerra, ya no suena como una máxima sabia, sino como una verdad vivida en carne propia:

    «Al recorrer la senda del autoconocimiento, inevitablemente regresamos al comienzo de nuestro camino, pero con cada nueva vuelta nos elevamos por encima de nosotros mismos».

    Cada vuelta. Cada giro de la espiral. Cada regreso a la misma lucha: las mismas mentiras, el mismo adversario, la misma elección fundamental entre documentar la verdad o permitir que la oscuridad se adueñe de todo. Y, sin embargo, cada vez se alcanza una altura mayor que la anterior. No es progreso en el cómodo sentido lineal del término. Es algo más exigente. Algo ganado a pulso. Esta es la historia de aquellas doce vueltas. Y es, ante todo, la historia del hombre que puso nombre al fuego.

    Primera vuelta: Sebastopol, febrero de 2014

    Roman Burko creció en el Donbás y más tarde se trasladó a Crimea. Estudió, vivió y trabajó en Sebastopol, el puerto base de la Flota rusa del mar Negro. Era una ciudad tan impregnada de cultura militar rusa y nostalgia imperial que la mayoría de sus habitantes absorbía la visión del mundo del Kremlin como si fuera una parte natural del ambiente. Burko ha escrito sobre el precio que le hizo pagar la invasión rusa con una sencillez que golpea más fuerte que cualquier retórica: «La agresión rusa nos arrancó de nuestro entorno habitual, destruyó nuestra vida normal e hizo añicos nuestros planes de futuro».

    Por una cruel ironía de la geografía, sus dos hogares ucranianos —Donbás y Crimea— terminarían ocupados por el mismo agresor. Ese hecho biográfico constituye los cimientos sobre los que se construyó todo lo que vendría después. También explica por qué nada de aquello podía hacerse desde la distancia, desde un lugar seguro o desde la cómoda separación de un analista que lee informes operativos en lugar de vivir dentro de ellos.

    En enero y febrero de 2014, mientras el Euromaidán ardía en Kyiv, Burko formaba parte de un reducido círculo de tres personas en Sebastopol. Juntos seguían las retransmisiones y vivían la revolución de una manera muy distinta a la de sus vecinos. «A pesar de haber pasado toda mi vida anterior en una región profundamente impregnada por la fuerte influencia ideológica procedente de Rusia —escribiría más tarde—, personalmente recibí el comienzo de las protestas del Euromaidán de forma positiva, incluso con un gran entusiasmo. En marcado contraste, la mayoría de mis compañeros y conocidos criticaba la Revolución de la Dignidad». Así que formó un círculo todavía más pequeño. Tres personas que enviaban ropa de abrigo a los manifestantes que dormían en tiendas de campaña en Kyiv y observaban cómo la historia avanzaba hacia ellos.

    La certeza de lo que se avecinaba llegó durante los últimos días de febrero. La masacre de los manifestantes en el Maidán. La huida de Viktor Yanukóvych de Ucrania a bordo de un buque militar ruso de la Flota del mar Negro, confirmada por testigos que Burko conocía personalmente: tanto marineros como civiles que se encontraban allí por casualidad. Después llegaron los movimientos sospechosos del personal de la Flota del mar Negro. Las manifestaciones a favor de la «desobediencia civil», organizadas con una coordinación demasiado evidente. La toma armada del Consejo Supremo y del Consejo de Ministros de Crimea. Y, finalmente, aparecieron ellos: soldados con uniformes sin distintivos, el rostro cubierto y sin insignias, desplegados en puntos estratégicos de toda la península con armamento ruso moderno, vehículos rusos y formaciones tácticas rusas.

    El Kremlin los llamó voluntarios de las autodefensas locales.

    Burko sabía perfectamente lo que estaba viendo. Había vivido junto a aquellas personas durante toda su vida.

    Su primer impulso instintivo fue responder con las armas. «Mis primeros pensamientos fueron, por supuesto, organizar un destacamento guerrillero y entrar en combate de verdad —escribió—. Pero no tenía armas ni preparación especial». Después reflexionó con frialdad sobre por qué aquel camino no llevaba a ninguna parte: «Aunque existiera la posibilidad de llevar a cabo al menos una operación armada con éxito contra los soldados rusos, eso solo agravaría la situación… Rusia era muy eficaz a la hora de transmitir mensajes cuidadosamente seleccionados a una audiencia mundial. Cualquier resistencia armada esporádica sería sofocada de raíz y presentada como una justificación para la ocupación». La jaula informativa que Rusia había construido alrededor de Crimea era su arma principal. La única respuesta posible era otro tipo de fuego.

    «Por eso tuve que idear otra forma de causarles un daño real y conseguir consecuencias duraderas».

    Comenzó a grabar. Publicó los vídeos en YouTube. Otros testigos presenciales también le enviaron sus imágenes. «Comprendí que era vital informar a la comunidad internacional sobre los acontecimientos que estaban teniendo lugar en Crimea —escribió—. Pensaba que eso podía mejorar la situación y, muy probablemente, impedir la ocupación y la guerra». El 2 de marzo de 2014, uno de aquellos vídeos alcanzó casi dos millones de visualizaciones durante sus primeras veinticuatro horas. Los servicios de inteligencia de todo el mundo poseían información clasificada que confirmaba exactamente lo que Burko estaba grabando, pero no dijeron nada públicamente. El silencio oficial creó un vacío. «Aquella cifra récord de visualizaciones me hizo comprender que el mundo exterior necesitaba desesperadamente nuestros vídeos y que nosotros podíamos romper el aislamiento».

    Entonces llegó la amenaza. A través de un canal cerrado de Zello —la aplicación de radio por internet que los cosacos y grupos paramilitares respaldados por Rusia utilizaban para coordinar la toma de Crimea—, Burko recibió el aviso de que los servicios de seguridad rusos ya lo buscaban a él y a sus amigos. La decisión fue inmediata. «Decidimos no esperar a que nos encontraran. Metimos nuestros portátiles en las mochilas, añadimos un par de camisetas, apagamos los teléfonos móviles, retiramos las tarjetas SIM y desaparecimos». Para salir de Crimea sin dejar un rastro fácil de seguir, utilizaron distintos medios de transporte. A la mañana siguiente ya estaban en Kyiv y, posteriormente, llegaron a Lviv. Allí Burko conocía exactamente a una persona, alguien con quien hasta entonces solo había hablado por internet. Esa persona les dio refugio mientras ellos continuaban trabajando a distancia y seguían, mediante llamadas telefónicas e internet, lo que estaba ocurriendo en el hogar que habían dejado atrás.

    A finales de marzo de 2014, «con la ayuda de un programador de Sebastopol, creamos un sitio web y decidimos llamarlo InformNapalm: una llama de información que quema las mentiras del agresor». El sitio comenzó a funcionar el 29 de marzo de 2014. Exactamente doce años antes.

    El nombre, ideado por Roman Burko, era toda una declaración de intenciones. La información convertida en materia incendiaria: algo que arde, que resulta difícil de contener una vez encendido y que destruye las estructuras que toca. No se trataba simplemente de publicar hechos. Se trataba de utilizar la información como arma contra un Estado que ya había convertido la propia información en un arma contra su país. Esa simetría fue elegida por un hombre que había vivido dentro de la mentira de aquel Estado y comprendía con absoluta claridad lo que estaba haciendo.

    La metodología: cómo quemar las mentiras con fuentes abiertas

    Para comprender InformNapalm, es necesario entender una distinción que la organización mantuvo con una disciplina extraordinaria durante doce años: la diferencia entre lo que descubría y la manera en que lo descubría.

    La OSINT —inteligencia de fuentes abiertas— todavía no era la disciplina reconocida en la que se convertiría más adelante. Lo que InformNapalm desarrolló durante aquellos primeros meses surgió de la necesidad y de la improvisación. Roman Burko describió así la idea fundacional: «Al principio, nuestra principal fuente de información eran las fuentes internas: personas que se encontraban en pleno centro de los acontecimientos. Arriesgaban conscientemente su libertad y su vida para contarnos lo que habían visto y oído».

    Sin embargo, aquella fuente era frágil. Dependía del valor y de la cercanía de personas que podían ser identificadas, silenciadas o detenidas.

    Lo que la sustituyó resultó mucho más duradero. «Posteriormente, aquella fuente fue perdiendo importancia. La OSINT ocupó su lugar —escribió Burko—. En aquel momento, los rusos compartían con entusiasmo enormes cantidades de pruebas valiosas: en las redes sociales, en las noticias, en los foros de internet y en las entrevistas concedidas a periodistas rusos».

    Los reclutas y militares contratados rusos habían crecido dentro de una cultura de las redes sociales en la que publicar selfis era casi un acto instintivo. Por eso llevaron sus teléfonos móviles a una operación encubierta. Se fotografiaban frente a material militar. Etiquetaban sus ubicaciones. Publicaban los emblemas de sus unidades. Presumían ante sus novias y sus familias; orgullosas y ajenas a las consecuencias, compartían aquellas publicaciones.

    El Kremlin sostenía una mentira que sus propios soldados desmentían en tiempo real. Solo había que mirar.

    Los investigadores encontraban en VK una fotografía de un vehículo militar ruso y analizaban sus matrículas, el terreno visible al fondo y los distintivos de la unidad. Después buscaban otras fotografías publicadas por la misma cuenta o etiquetadas en la misma ubicación. De este modo, construían una cadena documental que conectaba el vehículo, la unidad, los soldados y el lugar geográfico.

    Todo se encontraba en el este de Ucrania. Todo ocurrió durante un periodo en el que Rusia negaba oficialmente cualquier presencia en el territorio. Uno tras otro, los comportamientos digitales de cada soldado se convirtieron en ladrillos de un muro de pruebas.

    El modelo de publicación multilingüe fue tan importante como la propia metodología de investigación. Las publicaciones en ucraniano estaban dirigidas a la audiencia ucraniana. Las versiones en ruso mostraban las pruebas al público de Rusia: a las familias de los soldados y a ciudadanos que, de otro modo, quizá nunca habrían encontrado documentos que revelaban lo que estaba ocurriendo realmente.

    Por su parte, las publicaciones en inglés, alemán, francés y otros idiomas europeos llegaban hasta los círculos políticos y mediáticos en los que Ucrania necesitaba apoyo con mayor urgencia.

    Cada versión lingüística no era simplemente la traducción de una investigación. Era un despliegue deliberado de pruebas, dirigido a una audiencia concreta y con un propósito específico. Los traductores, procedentes de la diáspora ucraniana y de comunidades lingüísticas solidarias con Ucrania, trabajaban sin cobrar. A menudo lo hacían durante toda la noche para conseguir que las publicaciones llegaran a los medios occidentales antes de que comenzara su ciclo informativo diario.

    Burko siempre ha explicado con claridad por qué mantuvo oculta su identidad durante todo aquel tiempo. «Creo que el anonimato es una medida necesaria de autodefensa cuando te enfrentas a un Estado terrorista, revelas sus secretos y muestras pruebas de su participación en crímenes».

    No se trata de una forma de evasión. Es la lógica operativa de alguien que comprende que, para continuar desempeñando ese trabajo, primero debe sobrevivir el tiempo suficiente. La lógica de una persona cuyo hogar ya había sido ocupado por el mismo Estado cuyos actos estaba documentando.

    A medida que se desarrollaba la cooperación con los grupos de hackers, las investigaciones publicadas por InformNapalm comenzaron a incluir un aviso habitual: la comunidad «no asume ninguna responsabilidad por los métodos utilizados para obtener la información».

    InformNapalm analizaba y publicaba. Otros obtenían los datos.

    Este modelo de dos niveles no era simplemente una posición jurídica. Reflejaba una división real del trabajo que aumentaba la eficacia de ambas partes. Los grupos de hackers poseían experiencia en la penetración de sistemas y la extracción de datos. InformNapalm, en cambio, aportaba conocimientos especializados en evaluación de inteligencia, verificación mediante fuentes abiertas, geolocalización y publicación multilingüe.

    Juntos producían algo que ninguno de ellos habría podido crear por separado: información extraída y verificada mediante pruebas de fuentes abiertas, analizada para determinar su importancia operativa y publicada en un formato que periodistas, responsables políticos y tribunales pudieran utilizar realmente.

    El estándar de verificación que fue desarrollándose no estaba únicamente escrito: se convirtió en una práctica constante y en parte de la cultura de la comunidad. Los datos sin procesar procedentes de los grupos de hackers llegaban con distintos grados de fiabilidad. Antes de publicar, InformNapalm exigía contrastarlos con pruebas independientes obtenidas de fuentes abiertas.

    Un volcado de correos electrónicos no se publicaba basándose únicamente en su propio contenido. La información se contrastaba con hechos conocidos, registros públicos y otras fuentes de evidencia. Se examinaban los metadatos de los documentos. Se verificaba la cronología. Además, los nombres de las personas identificadas se cotejaban con los registros públicos. Solo cuando las pruebas resistían un examen riguroso se convertían en una investigación publicada.

    InformNapalm fue cofundado junto con Irakli Komakhidze, un experto militar georgiano que conocía desde dentro la guerra híbrida rusa: Georgia ya había sufrido en 2008 una versión de ese mismo manual de operaciones.

    La comunidad que se formó alrededor de este trabajo fue verdaderamente internacional. Contaba con voluntarios de Ucrania, Georgia, Alemania, Sudáfrica, República Checa, Bulgaria, Estados Unidos, España, Francia, Suecia, Bielorrusia, Portugal y otros países.

    Más de treinta voluntarios procedentes de más de diez países. No los unía ninguna institución, sino la experiencia compartida de vivir junto a Rusia y comprender, desde la realidad del terreno, cómo funciona la agresión híbrida.

    A finales de 2014, InformNapalm ya había publicado 176 investigaciones.

    Segunda vuelta: la construcción del muro de pruebas, 2015–2016

    El auge de 2015 —649 investigaciones publicadas, la cifra anual más alta que InformNapalm llegaría a alcanzar— coincidió con la intensificación de los combates en Donbás y con la maduración de las capacidades analíticas de la organización. Las batallas de Debáltseve y del aeropuerto de Donetsk provocaron despliegues militares rusos masivos y, por tanto, generaron una enorme cantidad de pruebas digitales.

    «En ocasiones también conseguíamos reunir pruebas importantes a partir de documentos oficiales, registros y necrológicas de acceso público», señaló Burko. Era la burocracia cotidiana de un Estado que libraba una guerra secreta, pero que aun así necesitaba honrar a sus muertos. Mientras tanto, los investigadores desarrollaron conocimientos especializados en identificación de material militar, geolocalización y cotejo de datos del personal.

    Para 2016, InformNapalm ya había documentado la presencia en Donbás de al menos 75 unidades militares rusas diferentes.

    No eran formaciones de milicianos. No eran «voluntarios».

    Eran unidades regulares del Ejército ruso: brigadas de fusileros motorizados, fuerzas especiales del GRU, unidades aerotransportadas, tropas de comunicaciones, regimientos de defensa antiaérea y brigadas de artillería. Procedían de todos los distritos militares de Rusia, incluidas unidades estacionadas en el Ártico y el Lejano Oriente.

    Una de ellas era la 64.ª Brigada Independiente de Fusileros Motorizados, con base en Knyaz-Volkonsk, en el krai de Jabárovsk. Años después, el expediente sobre esta unidad resultaría esencial cuando las fuerzas ucranianas liberaron Bucha.

    Pero el trabajo no se detuvo en aquellas 75 unidades. Para 2021, la base de datos había crecido hasta alcanzar 101 unidades militares rusas documentadas. Asimismo, incluía más de 50 tipos confirmados de armas y material militar que no podían proceder de equipos capturados en combate y que habían sido trasladados clandestinamente a Donbás. Cada registro constituía una prueba verificada de la mentira que Moscú continuaba sosteniendo.

    La base de datos de condecoraciones se convirtió en una de las herramientas probatorias más poderosas de InformNapalm. Entre marzo de 2014 y agosto de 2017, la comunidad documentó más de 170 casos de condecoraciones oficiales concedidas por el Estado ruso: más de 116 por operaciones en Donbás, 19 por Crimea, 6 por la invasión de Georgia y 30 por Siria.

    Cada condecoración era un dato. Reunidas en una base de datos, constituían un registro con valor para una futura acusación.

    El sistema ruso de guerra electrónica Zhitel —un sofisticado complejo de inteligencia de señales e interferencia electrónica que no tenía ninguna razón legítima para encontrarse en manos de los separatistas— atrajo tanta atención de InformNapalm que sus operadores comenzaron a sentir el peso de quedar expuestos.

    En cuanto se identifica a los operadores de un sistema, se documenta su unidad y se geolocaliza su posición, el sistema queda comprometido desde el punto de vista operativo. InformNapalm lo comprendió muy pronto: la publicación podía convertirse en una forma de perturbación operativa y la transparencia, en un arma ofensiva.

    El Zhitel terminó «quemado» por la atención de InformNapalm.

    Siria proporcionó un escenario de operaciones paralelo. Los soldados rusos desplegados allí llevaron consigo los mismos hábitos digitales que habían mostrado en Donbás. Se fotografiaban frente a aeronaves, publicaban desde las bases rusas en Latakia y documentaban involuntariamente el material y la logística de una intervención que los funcionarios rusos describían utilizando términos cuidadosamente limitados.

    A lo largo de dos años, InformNapalm publicó más de 150 materiales sobre la presencia militar rusa en Siria. Además, identificó a militares de al menos 20 unidades rusas, 13 de las cuales ya habían aparecido anteriormente en sus investigaciones sobre Donbás.

    El ejército en rotación continuaba rotando. El campo de pruebas se había extendido hasta Oriente Medio.

    El trabajo de InformNapalm contra el Kremlin se extendió más allá de la documentación del campo de batalla y alcanzó las propias operaciones globales de la inteligencia rusa. En colaboración con el grupo hacktivista ucraniano Cyber Resistance, la comunidad llevó a cabo dos operaciones históricas contra la Unidad 26165 del GRU.

    Se trataba de APT 28, también conocido como Fancy Bear: el grupo de hackers de la inteligencia militar rusa responsable, entre otras operaciones realizadas en todo el mundo, de la injerencia en las elecciones estadounidenses de 2016.

    La primera operación permitió exponer públicamente y de forma completa al teniente coronel Sergey Morgachev, comandante de APT 28, oficial del GRU y fugitivo buscado por el FBI. Su correspondencia, pasaporte, domicilio, matrícula del vehículo y nóminas fueron publicados por InformNapalm.

    Pero el equipo fue aún más lejos. Utilizó la propia cuenta de Morgachev en AliExpress para encargar recuerdos del FBI, juguetes sexuales y otros paquetes, que fueron enviados directamente a su domicilio. Su utilidad profesional para el GRU quedó formalmente anulada. El Kremlin ya no podía fingir que aquel hombre no existía.

    Su propia vida digital se había convertido en el arma que terminó quemándolo.

    La segunda operación tuvo consecuencias todavía mayores: permitió obtener la primera fotografía conocida del coronel Viktor Netyksho, comandante de la Unidad 26165 del GRU y superior directo de Morgachev. Netyksho era uno de los doce oficiales de la inteligencia rusa acusados formalmente por el Departamento de Justicia de Estados Unidos de interferir en las elecciones presidenciales de 2016.

    La fotografía se obtuvo tras acceder a la cuenta de correo electrónico de la esposa de Netyksho, que fue monitorizada durante meses.

    El momento de la publicación se calculó con precisión: Netyksho y su hijo tenían previsto volar al día siguiente desde Moscú hasta Chitá, su ciudad natal. InformNapalm publicó la fotografía antes de que subiera al avión.

    Ningún servicio de inteligencia del mundo había conseguido mostrar antes una fotografía de aquel hombre. Los voluntarios ucranianos fueron los primeros.

    Los distintos grupos —RUH8, FalconsFlame, Trinity y CyberHunta— operaban de manera independiente. InformNapalm actuaba como centro de coordinación analítica. Lo que había comenzado como una iniciativa periodística se estaba convirtiendo, de forma orgánica, en el tejido que conectaba a la naciente comunidad hacktivista ucraniana.

    En abril de 2016, hackers ucranianos inutilizaron los servidores de Anna News, un medio de propaganda ruso que emitía desde el Donbás. InformNapalm publicó el análisis de la operación.

    La repercusión posterior —solo el documental sobre la operación alcanzó 270.000 visualizaciones— demostró que una acción coordinada, seguida de una publicación analítica, producía un efecto multiplicador que ninguna de las dos partes podía conseguir por separado. Este resultado fue señalado como uno de los catalizadores para la creación formal de la Ukrainian Cyber Alliance en junio de 2016.

    A mediados de 2016, todo el engranaje estaba preparado. RUH8, FalconsFlame, Trinity y CyberHunta se habían unido para formar la UCA. Por su parte, InformNapalm se había consolidado como socio para la producción y publicación de inteligencia.

    La arquitectura de dos niveles ya estaba operativa: la UCA extraía la información; InformNapalm la analizaba, verificaba y publicaba.

    Lo que vino después fue el punto culminante de la ciberguerra voluntaria ucraniana contra Rusia. La llevaron a cabo exclusivamente civiles, desde sus ordenadores portátiles, sin autorización ni apoyo del Gobierno.

    Tercera vuelta: la época dorada —octubre de 2016

    12 de octubre de 2016.

    La Ukrainian Cyber Alliance (UCA) accedió a la cuenta de VKontakte de Mikhail Polynkov, conocido como «Khrustalik». Era un antiguo delincuente convertido en reclutador y coordinador logístico de la red separatista de Igor Girkin.

    La cuenta de Polynkov contenía más de 300.000 mensajes. Entre ellos había listas de miles de mercenarios rusos que habían ido pasando por el conflicto: nombres, domicilios, números de teléfono y fotografías. Era una base de datos de personal gestionada por los propios separatistas para controlar el flujo de combatientes, que había quedado expuesta dentro de una cuenta de una red social.

    Aquella misma noche, la UCA accedió a la cuenta de LiveJournal de Igor Girkin, alias «Strelkov»: un oficial de la inteligencia rusa convertido en comandante separatista y uno de los primeros individuos documentados por InformNapalm.

    También penetraron en los sistemas de la Unión de Voluntarios del Donbás, una organización rusa que había reclutado y coordinado mercenarios durante todo el conflicto.

    Lo que encontraron dentro de la Unión de Voluntarios del Donbás superó todas las expectativas. La organización conservaba formularios detallados de los combatientes voluntarios. Eran expedientes de datos personales que no solo incluían nombres, sino también domicilios, contactos familiares, trayectorias profesionales, antecedentes penales y fotografías de pasaporte.

    Aproximadamente 1.000 de estos expedientes fueron transferidos a los servicios de inteligencia ucranianos.

    Entre los formularios figuraban registros enviados desde puntos de acceso disponibles exclusivamente para empleados del Departamento K del FSB. Esto indicaba que un oficial en activo del FSB había utilizado el sistema de reclutamiento desde el interior de la organización.

    No era solo coordinación. Era penetración. Había un infiltrado.

    Lo que la UCA hizo con los datos de Polynkov refleja claramente la doctrina que había desarrollado. Primero los publicó. Después los convirtió en un arma psicológica.

    En las páginas intervenidas aparecieron fotografías de Vladímir Putin sonriendo. Por los sitios separatistas comprometidos se difundieron pancartas con el texto «300 Strelkovtsy», que se burlaban de la reiterada afirmación de Girkin de que comandaba a 300 combatientes. En cuestión de horas, más de 30.000 suscriptores abandonaron los grupos de VK afectados.

    Funcionó.

    Polynkov y «Gyurza» —Vera Babinina, otra figura del movimiento separatista— presentaron denuncias mutuas ante el FSB. Cada uno acusaba al otro de ser la fuente de la filtración. El periódico Moskovski Komsomolets publicó el siguiente titular: «Una rata en nuestras filas».

    La respuesta pública de la UCA se limitó a una sola frase: «En nombre de la Ukrainian Cyber Alliance, quisiera dirigirme al FSB: deténganlos a todos».

    Los registros financieros encontrados entre los documentos de la Unión de Voluntarios del Donbás contenían una anotación que eliminaba la distancia entre la narrativa oficial de Rusia y la realidad operativa con mayor eficacia que cualquier manifiesto. En las cuentas aparecía «el coste de la salchicha en los funerales»: una partida presupuestaria para el servicio de comida en los entierros de los combatientes muertos de la organización.

    Un levantamiento popular supuestamente espontáneo, con presupuestos para el catering de sus funerales.

    Aquella anotación no necesitaba ningún comentario editorial.

    Dos semanas después del 12 de octubre, la UCA entregó a InformNapalm algo mucho más grande.

    Los correos electrónicos no eran las divagaciones de un burócrata. Tenían carácter operativo.

    Fechas. Nombres. Órdenes. Pagos.

    Los más de 2.000 correos electrónicos procedentes de la bandeja de entrada de Vladislav Surkov —un gigabyte de correspondencia acumulada durante varios años— documentaban su control personal sobre las dirigencias de las autodenominadas «Repúblicas Populares» de Donetsk (DPR) y Luhansk (LNR).

    Cada nombramiento dentro de las «repúblicas populares» necesitaba su aprobación. Cada asignación presupuestaria. Cada línea propagandística. Cada giro estratégico.

    Los dirigentes separatistas Zakharchenko y Plotnitsky, presentados públicamente como expresiones espontáneas del descontento local, eran en realidad empleados que recibían instrucciones de Moscú.

    El 26 de octubre de 2016, InformNapalm publicó los materiales obtenidos en la operación. A continuación apareció una serie de quince investigaciones basadas en los documentos filtrados, que estallaron en la escena internacional en cuestión de días.

    La televisión estatal rusa afirmó que todo era una falsificación. El Kremlin no ofreció ninguna refutación creíble. Por su parte, el FSB abrió investigaciones internas que terminaron provocando detenciones dentro de sus propias filas.

    Los voluntarios habían hecho lo que los servicios estatales de inteligencia no podían hacer o no estaban dispuestos a hacer.

    La cadena de consecuencias llegó mucho más lejos de lo que nadie había imaginado. En 2019, el Equipo Conjunto de Investigación que investigaba el derribo del vuelo 17 de Malaysia Airlines —298 personas muertas cuando el avión fue abatido sobre Donbás en julio de 2014— publicó materiales que citaban explícitamente como pruebas las investigaciones de InformNapalm basadas en SurkovLeaks.

    Ese mismo año, el británico Royal United Services Institute publicó un informe formal titulado Las filtraciones de Surkov: el funcionamiento interno de la guerra híbrida de Rusia en Ucrania. Sus autores eran Alya Shandra y el diputado Robert Seely, y el informe se basaba directamente en las investigaciones publicadas por InformNapalm.

    El RUSI, uno de los centros de estudios sobre defensa más antiguos y respetados del mundo, citaba el trabajo de una comunidad ucraniana de inteligencia voluntaria financiada mediante las donaciones de sus lectores.

    En 2020, Vladislav Surkov fue destituido de su cargo como asesor presidencial. Para 2022 se encontraba bajo arresto domiciliario, presuntamente acusado de corrupción por la malversación de fondos destinados al «proyecto Donbás».

    El hombre que había diseñado la guerra híbrida de Rusia contra Ucrania, que durante años había alimentado a Putin con una realidad fabricada mientras aparentemente se embolsaba importantes sumas de dinero, terminó convertido en prisionero del mismo sistema al que había servido.

    InformNapalm lo denominó una «víctima de SurkovLeaks».

    Un informe operativo de febrero de 2017 documentó que la UCA había realizado 39 ciberoperaciones publicadas solamente durante 2016. Esa cifra representaba aproximadamente el diez por ciento de su actividad operativa real.

    El noventa por ciento de las acciones que los hackers voluntarios ucranianos llevaron a cabo aquel año contra objetivos rusos nunca se hizo público. La información obtenida fue entregada a los servicios de seguridad ucranianos, a organizaciones colaboradoras y a unidades militares.

    La espiral se había elevado considerablemente. Habían comenzado con una cámara de vídeo en Sebastopol. Ahora estaban leyendo la correspondencia de guerra del Kremlin.

    Cuarta vuelta: presiones sobre el ecosistema, 2019–2021

    Para 2018, la frecuencia con la que InformNapalm publicaba investigaciones centradas en el ámbito cibernético había comenzado a disminuir. Parte del ecosistema de voluntarios cibernéticos que había hecho posible SurkovLeaks estaba siendo sometida a una presión cada vez mayor. En otoño de 2019, la Ukrainian Cyber Alliance intentó formalizar su relación con el Estado ucraniano: se registró como organización no gubernamental ante el Ministerio de Justicia y trató de pasar del hacktivismo desarrollado fuera de un marco jurídico reconocido a una relación oficial con el Gobierno al que sus integrantes defendían desde 2014.

    A continuación se produjeron intervenciones de actores concretos y fricciones institucionales, algo que suele ocurrir en contextos de guerra cuando las capacidades no oficiales operan junto a las estructuras formales. No fueron actuaciones del Estado ucraniano en su conjunto. Fueron el resultado de una serie de presiones que terminaron fragmentando una de las formaciones cibernéticas de voluntarios más capaces que había surgido en Ucrania.

    Andriy Baranovich, portavoz de la UCA, describió así la situación en una entrevista concedida el 4 de febrero de 2021:

    «Continuamos trabajando hasta 2019, hasta febrero de 2020, cuando la Policía Cibernética y el Servicio de Seguridad de Ucrania acudieron a nosotros con acusaciones absolutamente absurdas».

    Durante ese periodo, la Ukrainian Cyber Alliance comenzó a fragmentarse como estructura unificada. Algunos de sus integrantes dieron un paso atrás debido a la presión. Otros continuaron trabajando, aunque bajo configuraciones diferentes y, en algunos casos, mediante nuevas formas de cooperación con InformNapalm y otros colaboradores.

    El efecto también se hizo visible en el registro público de sus investigaciones. En febrero de 2021, Baranovich lo expresó de la siguiente manera:

    «En estos momentos, la UCA prácticamente ya no existe como una comunidad amplia… Ahora tenemos una organización no gubernamental formada por tres fundadores».

    Sin embargo, el trabajo esencial de InformNapalm no se detuvo. Las investigaciones continuaron, especialmente las dedicadas a documentar las unidades militares rusas y su armamento. El archivo siguió creciendo. La plataforma siguió publicando.

    Lo que puede documentarse con claridad es la cronología: los dos años transcurridos entre comienzos de 2020 y la invasión de febrero de 2022 fueron también los años de máxima preparación rusa para el ataque a gran escala. Durante ese periodo, algunas de las personas que habían logrado penetrar de forma más exhaustiva en las comunicaciones militares rusas tuvieron que trabajar bajo restricciones extremadamente severas, sin que fuera culpa suya ni el resultado de un plan de Rusia.

    En 2022, Ucrania formalizó nuevas estructuras de voluntariado cibernético para llenar aquel vacío. Sin embargo, estas se diferenciaban considerablemente, tanto por su origen y estructura como por su trayectoria operativa, de las primeras iniciativas impulsadas por voluntarios que habían hecho posible SurkovLeaks.

    Quinta vuelta: febrero de 2022 — Regreso al principio

    24 de febrero de 2022. La invasión a gran escala.

    La declaración que InformNapalm publicó aquel día fue directa: la comunidad difundió una filtración con los datos personales de más de 100.000 militares rusos, obtenidos por el grupo de hackers E_N_I_G_M_A, acompañada del siguiente mensaje:

    «No juzgamos; únicamente hacemos públicos unos datos de enorme valor para la sociedad a la hora de afrontar los desafíos actuales».

    InformNapalm reconoció que no había verificado individualmente a cada una de las personas incluidas en la lista. Aun así, decidió publicar los datos como una herramienta para futuras investigaciones de crímenes de guerra.

    «Por favor, conserven estos datos —escribieron—. Los necesitaremos para encontrar a todos y cada uno de los criminales de guerra y juzgarlos por sus actos en esas guerras».

    Regreso al principio. Ocho años de trabajo, y allí estaba Rusia, haciendo abiertamente aquello que InformNapalm llevaba ocho años demostrando que realizaba de manera encubierta. La misma mentira se había convertido, simplemente, en un crimen de una escala diferente.

    Sin embargo, regresaron a un punto más alto de la espiral que aquel del que habían partido.

    Los años de trabajo preparatorio adquirieron de inmediato una importancia decisiva. Las unidades que InformNapalm ya había documentado en el Donbás aparecían ahora en el óblast de Kyiv, en Jersón y en Mariúpol. La 64.ª Brigada Independiente de Fusileros Motorizados, que ya figuraba en los archivos de InformNapalm gracias a las investigaciones realizadas en el Donbás, se encontraba en el óblast de Kyiv.

    Cuando Bucha fue liberada entre finales de marzo y comienzos de abril de 2022, y el mundo retrocedió horrorizado ante los cadáveres tendidos en sus calles, InformNapalm fue una de las primeras organizaciones en identificar a la unidad responsable. Ya tenían el expediente. Llevaban años elaborándolo.

    Las condenas dictadas en noviembre de 2022 por un tribunal neerlandés en el caso del vuelo MH17 —entre ellas, la cadena perpetua para Igor Girkin— confirmaron la validez del método probatorio que InformNapalm había contribuido a desarrollar. Las pruebas procedentes de fuentes abiertas, siempre que fueran recopiladas, verificadas y preservadas adecuadamente, podían sustentar condenas penales contra altos responsables militares rusos.

    Al mismo tiempo, la propia comunidad experimentó su propia transformación. Parte del equipo internacional de InformNapalm se incorporó a las Fuerzas de Defensa de Ucrania. Quienes hasta entonces habían combatido a Rusia con ordenadores portátiles y bases de datos tomaron las armas y se unieron a sus hermanos de armas. Algunos de los que se incorporaron nunca regresaron.

    Las bases de datos y los cuerpos forman parte de una misma guerra. No es una figura retórica. Es la realidad vivida de lo que significa ser una comunidad ucraniana de inteligencia e información que ha trabajado durante doce años de agresión rusa.

    Sexta vuelta: nuevos socios, nuevas capacidades

    Para 2023, el panorama operativo había sido reconstruido en gran medida. Durante las primeras semanas y meses de la guerra habían aparecido nuevos colaboradores en el ámbito cibernético: Cyber Resistance, la 256 Cyber Assault Division, el centro analítico cibernético Fenix y Ukrainian Militant. Tanto su origen como su estructura eran diferentes de los de la UCA. Sin embargo, operaban dentro del mismo marco conceptual y en torno a la misma arquitectura de dos niveles que InformNapalm había desarrollado y dado a conocer durante ocho años. La metodología estaba al alcance de cualquiera que estuviera dispuesto a estudiar el archivo.

    AlabugaLeaks, una investigación dividida en tres partes y basada en documentos internos de la planta rusa de producción de drones Shahed de Alabuga, documentó con nombres y detalles concretos las cadenas de suministro mediante las cuales Rusia obtenía los componentes electrónicos, los sistemas de propulsión y los equipos de navegación que habían convertido al dron Shahed en su principal arma de ataque de largo alcance contra la infraestructura civil ucraniana.

    Cámaras suecas AXIS. Electrónica china. Componentes europeos enviados a través de intermediarios asiáticos.

    InformNapalm publicó toda esa información en varios idiomas, imposibilitando cualquier intento de gestionar discretamente el asunto por vías bilaterales. Se trataba de una doctrina deliberada: la información confinada a los canales oficiales puede ser suprimida, retrasada o administrada hasta quedar neutralizada. La información publicada abiertamente, no.

    BaumankaLeaks se basó en documentos de la Universidad Técnica Estatal Bauman de Moscú para revelar las especificaciones de sistemas de defensa antiaérea y, en una segunda tanda de documentos, los detalles clasificados de un contrato para la venta a India de sistemas de misiles S-400.

    OKBMLeaks, publicado en noviembre de 2025 en colaboración con el centro cibernético Fenix, alcanzó un nivel de sensibilidad completamente distinto. OKBM, la Oficina Experimental de Diseño de Motores de Vorónezh, es un subcontratista de Tupolev y fabricante de componentes críticos para los programas aeronáuticos más avanzados de Rusia.

    InformNapalm y Fenix penetraron en los sistemas internos de OKBM y mantuvieron el acceso durante meses. Antes de publicar la información, compartieron documentación clasificada con las Fuerzas de Defensa de Ucrania y con países aliados.

    Lo publicado reveló que el programa ruso para desarrollar su bombardero estratégico furtivo de nueva generación —el PAK DA «Poslannik», destinado a sustituir a los envejecidos Tu-95 y Tu-160— se encontraba paralizado.

    Los actuadores hidráulicos destinados a abrir las compuertas de la bodega de bombas del Poslannik, identificados con el código «80RSh115», no podían fabricarse sin máquinas herramienta alemanas, equipos japoneses y sistemas CNC taiwaneses: la Hartford HCMC-1100AG, la Johnford SL-50 y las máquinas serbias Grindex. Las empresas occidentales habían dejado de suministrar estos equipos después de la imposición de las sanciones de 2022.

    Los informes de auditoría interna documentaban explícitamente los retrasos. El calendario de producción de componentes esenciales para el PAK DA se prolongaba hasta agosto de 2027. Según afirmaban claramente los propios documentos internos, la industria aeronáutica rusa había «llegado, en la práctica, a un callejón sin salida».

    El 23 de octubre de 2025, OKBM fue incluida oficialmente en el decimonoveno paquete de sanciones de la Unión Europea. Una comunidad voluntaria de inteligencia, financiada mediante donaciones de sus lectores, había contribuido directamente a la inclusión de una entidad rusa en la lista de sanciones de la UE.

    Además, en marzo de 2026, InformNapalm publicó el análisis de unos documentos obtenidos en 2024 durante una operación que combinó HUMINT —inteligencia humana—, OSINT —inteligencia de fuentes abiertas— y CYBINT —ciberinteligencia—. Los documentos estaban relacionados con un proyecto clasificado denominado «Polyus-24»: las pruebas intermedias de unos módulos vinculados a las fuerzas nucleares estratégicas de Rusia.

    El pliego de especificaciones técnicas procedía de la unidad militar rusa 33949, que las investigaciones de InformNapalm habían vinculado con el Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia.

    Los documentos también mencionaban el «Centro de Problemas de las Fuerzas Nucleares Estratégicas», perteneciente a la Academia de Ciencias Militares de Rusia. La investigación fue publicada en once idiomas.

    Deténganse un momento y piensen en lo que esto significa. Una organización de voluntarios, fundada por un hombre que huyó de Crimea con un ordenador portátil y un par de camisetas y que «tenía que encontrar otra forma de causar un daño real y lograr un efecto duradero», publicó a comienzos de 2026 documentos técnicos que describían la arquitectura del software utilizado en el programa ruso de desarrollo de armas nucleares estratégicas.

    No eran acusaciones. Eran documentos. Con nombres concretos. Archivados. Disponibles para cualquier investigador, periodista, fiscal o analista de un servicio de inteligencia extranjero que quisiera consultarlos.

    Así es, en términos operativos, como se ve realmente ese regreso al principio en el que, con cada nueva vuelta, se alcanza un punto más alto.

    Ni un solo día sin una operación especial: 2026

    InformNapalm inició su duodécimo año con un compromiso que también se convirtió en su lema: «жодного дня без спецоперації», es decir, «ni un solo día sin una operación especial». Los primeros noventa días de 2026 pusieron a prueba si era posible mantener aquel compromiso. Los resultados fueron de gran alcance.

    Nochevieja. El centro analítico cibernético Fénix penetró en canales cerrados de comunicaciones militares rusas e introdujo una versión modificada del tradicional discurso de Año Nuevo de Putin. Millones de rusos que miraban sus pantallas vieron dos versiones diferentes: en una, Putin llevaba una corbata roja; en la otra, una negra. En cuestión de horas, la anomalía se propagó en cascada por las redes sociales rusas.

    InformNapalm fue el primero en documentar y analizar aquella discrepancia. Pero fue aún más lejos y presentó pruebas técnicas de que el Kremlin llevaba un periodo prolongado utilizando avatares de vídeo generados mediante inteligencia artificial para las apariciones públicas habituales de Putin. Los dos discursos de Año Nuevo no eran simplemente el resultado de un ataque informático. Eran la prueba de una infraestructura de engaño ya existente que el hackeo había dejado al descubierto accidentalmente.

    La operación Starlink. El 27 de enero, InformNapalm publicó una investigación en trece versiones lingüísticas que documentaba cómo Rusia había importado sistemáticamente terminales satelitales Starlink mediante redes destinadas a eludir las sanciones: declaraciones aduaneras que clasificaban falsamente los terminales como piezas de automóviles, rutas de envío a través de intermediarios externos y un número creciente de pruebas de la aparición de antenas Starlink en drones Shahed rusos.

    La investigación fue publicada pocas horas antes de que un dron ruso atacara un tren civil en Ucrania. El ministro de Asuntos Exteriores de Polonia, Radosław Sikorski, compartió la publicación en X. Pocos días después, el Ministerio de Defensa de Ucrania se puso directamente en contacto con SpaceX y le proporcionó las pruebas documentadas por InformNapalm sobre aquella red de terminales no autorizados.

    SpaceX implantó un sistema de «lista blanca» que bloqueaba los terminales que no hubieran sido autorizados previamente para uso ucraniano. Los canales militares rusos de Telegram comenzaron a publicar mensajes informando de que sus conexiones Starlink habían dejado de funcionar. La causa y el efecto quedaron unidos en una cadena que necesitó solamente once días para pasar de la publicación de la investigación a un impacto operativo confirmado en el campo de batalla.

    La trampa digital. El 12 de febrero, InformNapalm y la 256 Cyber Assault Division pusieron en marcha una operación de honeypot que convirtió en arma precisamente la vulnerabilidad identificada durante la investigación sobre Starlink. El equipo creó una red de canales falsos de Telegram en los que se ofrecía la activación de terminales Starlink para unidades militares rusas desplegadas en Ucrania.

    En una sola semana se extrajeron 2.420 paquetes de datos sobre terminales enemigos y sus coordenadas, se documentó a 31 posibles colaboradores y se cobraron 5.870 dólares a soldados rusos que pagaron por un servicio de activación que nunca existió. Los datos de las coordenadas fueron transmitidos directamente para su utilización en la designación de objetivos. Los expedientes de los colaboradores fueron entregados a las fuerzas del orden ucranianas.

    La red de retransmisión de drones en Belarús. La operación había requerido seis meses de preparación y fue presentada públicamente entre el 18 y el 21 de febrero. La investigación documentó cómo los operadores rusos de drones utilizaban la infraestructura bielorrusa de retransmisión para ampliar el alcance de sus drones de ataque contra el norte de Ucrania. Para sortear las limitaciones geográficas, dirigían las señales de control a través de estaciones repetidoras situadas en territorio bielorruso.

    La inteligencia documentada se convirtió así en un instrumento de política de Estado. Cuando el presidente Zelensky impuso sanciones contra Lukashenko el 18 de febrero de 2026, mencionó públicamente las pruebas relacionadas con aquella red de retransmisión. La información de inteligencia obtenida por voluntarios influyó en una decisión presidencial con repercusiones internacionales.

    Armas para la oscuridad. Una investigación publicada el 8 de enero combinó técnicas convencionales de OSINT con ingeniería social dirigida contra cuentas asociadas al mayor Yevgeny Dmitriev, un oficial ruso al mando de una unidad de asalto Storm V en el frente de Zaporiyia. Las comunicaciones obtenidas documentaron una red de contrabando que transportaba armas desde el frente, a través de Crimea, hasta compradores del mercado negro de Europa, Asia y África mediante la flota fantasma rusa.

    Al mismo tiempo, se puso en marcha la parte de ingeniería social de la operación. El equipo se hizo pasar en internet por el mayor Dmitriev y desvió las peticiones de donaciones de «Dva Mayora» —un bloguero militar ruso con más de un millón de suscriptores— hacia la compra de drones para las Fuerzas de Operaciones Especiales de Ucrania. Los donantes rusos, convencidos de que estaban ayudando a sus propias tropas, terminaron financiando drones para las operaciones especiales ucranianas.

    El papel de InformNapalm ya no solo se comprende: también se reconoce públicamente. Durante el Día de la Primera Llama de la Palabra, numerosas estructuras ucranianas de defensa e inteligencia reconocieron públicamente el trabajo de la comunidad y la felicitaron. Entre las instituciones que rindieron homenaje a sus doce años de actividad se encontraban las Fuerzas de Operaciones Especiales de las Fuerzas Armadas de Ucrania, la Dirección Principal de Inteligencia, el Servicio de Inteligencia Exterior, el Centro para Combatir la Desinformación del Consejo de Seguridad Nacional y Defensa y las Fuerzas de Sistemas No Tripulados.

    InformNapalm ocupa una posición única: no es una organización de voluntarios dedicada a recaudar fondos ni un colectivo cívico, sino una comunidad voluntaria de inteligencia. Se trata de una función que incluso las estructuras estatales de inteligencia reconocen ahora abiertamente. No esperaron a que InformNapalm solicitara ese reconocimiento. Se lo concedieron por iniciativa propia.

    Todos los materiales son traducidos por voluntarios humanos repartidos entre diferentes husos horarios; no se utiliza traducción mediante inteligencia artificial. Se trata de una elección metodológica deliberada cuyo objetivo es preservar el registro lingüístico y la precisión burocrática de la documentación oficial rusa.

    Aproximadamente 135.000 suscriptores en Telegram. Una recaudación urgente organizada en febrero para los servidores, que necesitaba 53.000 grivnas ucranianas y alcanzó la totalidad de su objetivo en pocos días. La oficina del primer ministro siguiendo públicamente a InformNapalm en Threads. La unidad de las Fuerzas Cibernéticas del Estado Mayor General reconociendo públicamente el trabajo de InformNapalm.

    Y el proyecto de ley para crear oficialmente las Fuerzas Cibernéticas de Ucrania —una iniciativa que InformNapalm promovía desde 2016— avanzando hasta su segunda lectura parlamentaria a finales de febrero.

    El registro documental como arma: lo construido a lo largo de doce años

    Doce años. 2.142 investigaciones publicadas. Un gigabyte del correo electrónico de Surkov. Treinta mil suscriptores de grupos separatistas en VK que los abandonaron en una sola noche. Mil mercenarios rusos cuyos datos identificativos terminaron en las bases de datos de la inteligencia ucraniana. Una condena a cadena perpetua dictada por un tribunal neerlandés contra Igor Girkin. Terminales Starlink que dejaron de funcionar en drones rusos once días después de la publicación de una investigación. Una red de contrabando de armas que se extendía desde el frente de Zaporiyia hasta tres continentes. La arquitectura de software empleada en el desarrollo de armas nucleares, publicada en once idiomas.

    Cuando Burko describió lo que su comunidad había construido —«en cuatro años hemos publicado más de 1.700 investigaciones que desenmascaran la agresión rusa»—, escribía en 2020, cuando todavía faltaban dos años para la invasión a gran escala. Para 2026, el archivo había crecido hasta alcanzar las 2.142 investigaciones. Sus trabajos eran citados ante tribunales penales, aportaban información para la elaboración de paquetes de sanciones y provocaban efectos operativos en el campo de batalla apenas once días después de su publicación.

    El largo recorrido de este trabajo había alcanzado ya el ámbito del derecho internacional en una de sus expresiones más trascendentales.

    El 9 de julio de 2025, la Gran Sala del Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictó su histórica sentencia en el caso Ucrania y los Países Bajos contra Rusia, el procedimiento interestatal más amplio de la historia del Tribunal. La sentencia declaró a Rusia responsable de violaciones sistemáticas y generalizadas de los derechos humanos cometidas en Ucrania desde 2014. Estas incluían ataques militares indiscriminados, ejecuciones sumarias, torturas, detenciones ilegales y destrucción de propiedades civiles a lo largo de ocho años de conflicto.

    El Tribunal también declaró a Rusia responsable del derribo del vuelo MH17 de Malaysia Airlines. La sentencia se apoya directamente en patrones probatorios relacionados con la presencia militar rusa, su estructura de mando y su conducta operativa, elementos que años de investigaciones de fuentes abiertas habían contribuido a establecer y sistematizar.

    La arquitectura probatoria que InformNapalm ayudó a construir no apareció mencionada como tal en esta sentencia del TEDH. Rara vez ocurre. Sin embargo, años de documentación sobre el despliegue de unidades, comandantes identificados, equipos geolocalizados y operaciones militares verificadas contribuyeron a formar el registro público del que los organismos jurídicos internacionales extrajeron sus fundamentos fácticos.

    Además, la sentencia abrió la puerta a la tramitación de casi 10.000 demandas individuales presentadas por personas ucranianas contra Rusia que llevaban años pendientes.

    Aquella puerta fue construida, ladrillo a ladrillo, precisamente con la clase de documentación sistemática que InformNapalm llevaba elaborando desde 2014.

    El equipo conjunto de investigación que consiguió las sentencias condenatorias dictadas por un tribunal neerlandés en noviembre de 2022 —entre ellas, la cadena perpetua para Igor Girkin— encontró un enorme conjunto de pruebas de fuentes abiertas que ya había sido recopilado: fotografías geolocalizadas del desplazamiento del sistema de misiles Buk por el este de Ucrania, datos documentados sobre las unidades implicadas y publicaciones de soldados rusos en redes sociales que habían sido preservadas antes de que estos eliminaran sus cuentas.

    InformNapalm había recopilado, verificado y archivado todo ese material años antes de que se llegara siquiera a contemplar la apertura de procedimientos judiciales formales.

    La base de datos de mercenarios rusos, elaborada gracias a la penetración en la Unión de Voluntarios del Donbás y a otras operaciones, representaba una categoría específica de valor para la inteligencia. Contenía información biográfica e identificativa de personas que habían participado en operaciones militares mientras el Gobierno ruso negaba cualquier intervención de ciudadanos o fuerzas rusas.

    Aquella información —aproximadamente mil expedientes personales detallados, entregados a los servicios de seguridad ucranianos— tenía una utilidad jurídica y operativa concreta.

    Los combatientes incluidos en aquellos registros podían ser identificados y localizados. También podía demostrarse su participación en operaciones específicas.

    El valor del archivo para la inteligencia iba más allá de sus aplicaciones jurídicas. La brecha entre la teoría militar rusa y la práctica militar rusa, reflejada en la documentación de las operaciones en el Donbás, explicaba muchos de los fallos de mando y las deficiencias tácticas que salieron a la luz cuando aquellas mismas fuerzas intentaron ejecutar una invasión a gran escala en 2022.

    El archivo había funcionado como una herramienta predictiva. Y había acertado.

    InformNapalm demostró con pruebas que Rusia estaba en guerra contra Ucrania antes de que los gobiernos occidentales estuvieran dispuestos a asumirlo políticamente. Las reticencias de las capitales europeas y de Washington a reconocer lo que InformNapalm documentaba en 2014, 2015 y 2016 —la minimización de los hechos, la equiparación artificial de ambas partes y el deseo desesperado de evitar afrontar sus implicaciones— no constituyeron un fracaso de la inteligencia.

    Fueron un fracaso de la voluntad política.

    La información de inteligencia estaba allí.

    InformNapalm la publicaba en veinte idiomas.

    Lo que InformNapalm demostró —y esta es la gran lección que deben comprender las democracias que actualmente se enfrentan a la guerra híbrida rusa— es que la transparencia constituye una forma de defensa.

    La inteligencia de fuentes abiertas, cuando se verifica rigurosamente y se publica de manera sistemática, puede limitar las operaciones rusas de formas que la inteligencia clasificada a menudo no puede conseguir. Precisamente porque puede compartirse públicamente, citarse ante los tribunales, utilizarse en el debate político y ser reproducida por periodistas en treinta idiomas.

    El sistema ruso de guerra electrónica Zhitel, que terminó «quemado» por la atención de InformNapalm, constituye un ejemplo pequeño, pero perfecto. En cuanto se identifica a los operadores de un sistema, se documenta su ubicación y se determina a qué unidad pertenece, ese sistema queda comprometido desde el punto de vista operativo.

    En un entorno de guerra, la transparencia tiene consecuencias operativas. InformNapalm lo comprendió desde el principio.

    El significado de las doce vueltas

    Volvamos a la reflexión filosófica que sirvió de marco a este aniversario: una frase que, leída en abstracto, parece una máxima de sabiduría, pero que, cuando se comprende lo que realmente describe, se lee como un escrito de acusación.

    «Al recorrer el camino del autoconocimiento, regresamos inevitablemente al comienzo de nuestro camino, pero con cada vuelta nos elevamos por encima de nosotros mismos».

    Primera vuelta: tres personas en Sebastopol. Un hombre que «tenía que encontrar otra forma de causar un daño real» filmando a hombres sin insignias, comprendiendo antes que el resto del mundo lo que estaba sucediendo y viéndose obligado a abandonar su hogar por el mismo Estado cuyas acciones estaba grabando.

    Segunda vuelta: la construcción de una base de datos sistemática que demostró que 75 unidades militares rusas operaban en el Donbás. Identificadas y documentadas, unidad por unidad, soldado por soldado, mientras el Kremlin lo negaba todo. En aquel momento, los rusos «compartían con entusiasmo toneladas de pruebas valiosas» en las redes sociales, e InformNapalm las recopilaba una a una.

    Tercera vuelta: penetrar en el buzón de correo de Vladislav Surkov, leer las instrucciones operativas de la guerra y publicarlas para que las conociera el mundo entero. Leer cuánto costaban las salchichas servidas en los funerales de los separatistas. Ver cómo, después, el FSB detenía a los suyos.

    Cuarta vuelta: ver cómo el Gobierno al que habías defendido destruía la capacidad que tú mismo habías construido durante los dos años en los que Rusia se preparaba para la invasión a gran escala. Regresar al punto de partida, no por elección propia, sino como consecuencia de una traición institucional, y descubrir que la organización seguía en pie cuando llegó lo peor.

    Quinta vuelta: Regresar al principio cuando comenzó la invasión a gran escala. Volver al trabajo esencial de documentar, identificar y construir el registro probatorio, pero llegar esta vez con un archivo completo, con precedentes jurídicos ya establecidos y con expedientes previamente elaborados sobre las unidades que estaban cometiendo los crímenes. Regresar a Bucha con el expediente de la 64.ª Brigada ya preparado y en las manos.

    Sexta vuelta: penetrar en la industria de defensa clasificada de Rusia, llegar hasta las compuertas de la bodega de bombas de su bombardero de nueva generación y acceder a la documentación de las pruebas relacionadas con su programa de armas nucleares. Publicarlo en once idiomas. Comenzar el decimotercer año.

    En cada vuelta, el mismo fuego. En cada vuelta, ardiendo más alto.

    El camino del autoconocimiento descrito por Burko no es cómodo. Comenzó en el momento en que eligió la información en lugar de un fusil guerrillero —«tenía que encontrar otra forma»— y, durante doce años, le ha exigido regresar cada día a aquella misma decisión.

    Es el conocimiento de aquello de lo que eres capaz cuando careces de apoyo institucional, cuando el aparato estatal ignora lo que estás documentando o te persigue activamente por hacerlo. Es comprender que el frente informativo es un frente en todos los sentidos: que quienes desempeñan este trabajo se convierten en objetivos, que este trabajo tiene un precio y que hay cosas que, una vez perdidas, no siempre regresan.

    «Nuestra lucha no ha terminado y continuará hasta que Rusia abandone los territorios ocupados, no solo en Ucrania, sino también en otros países —escribió Burko en 2020—. Es una lucha por la verdad, la justicia y la posibilidad de vivir en un mundo en el que no haya lugar para la agresión, la ocupación militar ni la guerra híbrida».

    Escribía desde el interior de un país ocupado, con su propio hogar en la Crimea ocupada, mientras la guerra del Donbás, que llevaba seis años documentando, continuaba sin detenerse. Cuando se conoce todo esto, aquella frase se lee de otra manera. No expresa un compromiso abstracto.

    Es lo que sucede cuando «emprendes el camino de la lucha contra los ocupantes» y después descubres, tras doce años regresando una y otra vez al principio, que ese camino no termina.

    La gran lección —la que los gobiernos democráticos que se enfrentan a la guerra híbrida necesitan escuchar directamente— es que InformNapalm representa algo que no puede fabricarse por encargo.

    Fue necesario un adversario convencido de que sus operaciones podían seguir siendo negadas mientras dejaba pruebas digitales por todas partes. Fue necesario un momento político y cultural capaz de sostener años de trabajo voluntario no remunerado, realizado bajo un riesgo jurídico real y un peligro físico igualmente real.

    Y también fue necesaria esa furia tan particular. Llámenla patriotismo. Llámenla rabia ante la mentira. Llámenla esa emoción concreta que se siente al ver cómo despedazan tu país mientras el mundo finge que no está ocurriendo. Una furia capaz de llevar a un hombre a elegir una insurgencia informativa en lugar de un fusil guerrillero, porque comprende, con fría lucidez, cuál de las dos armas causará un daño más duradero.

    El Gobierno ucraniano fracasó en aquella prueba en febrero de 2020. Las redadas del SBU que destruyeron la UCA fueron la expresión de una lógica institucional que antepone el control a la capacidad. El IT Army, creado trece meses más tarde, fue la tardía admisión de que ellos habían tenido razón. Pero llegó demasiado tarde.

    La advertencia es directa: el sector informal que te defiende no es tu enemigo. Los voluntarios que hacen aquello que no puedes autorizar oficialmente, los hackers que leen el correo de tu adversario antes de que tú puedas hacerlo y los investigadores que construyen el registro probatorio que algún día sustentará condenas penales no son amenazas que deban mantenerse bajo control.

    Son el multiplicador de fuerza que no puedes comprar, reclutar ni crear mediante la burocracia.

    Rusia comprendió esta asimetría desde el principio y diseñó su doctrina de guerra híbrida para aprovecharla. Ucrania tuvo que aprenderlo por las malas. El resto del mundo democrático todavía sigue aprendiendo.

    El Día del Silencio

    Pasaron este aniversario en silencio, a solas con sus pensamientos, en memoria de todos sus amigos y hermanos de armas que entregaron sus vidas por Ucrania durante aquellos doce años. El 30 de marzo fue el Día de la Primera Llama de la Palabra.

    Quiero decirlo con toda claridad.

    La labor de InformNapalm constituye una de las operaciones de inteligencia e investigación más trascendentes de esta guerra. No porque la comunidad dispusiera de recursos gubernamentales o prestigio institucional, sino porque tenía convicción, metodología y el valor necesario para comenzar a trabajar antes de que hacerlo fuera seguro, y para continuar durante doce años en los que las amenazas no dejaron de aumentar.

    El Kremlin conoce su nombre. El FSB ha formulado amenazas concretas. Los propagandistas rusos han desarrollado campañas continuas de desinformación contra la organización y contra su fundador.

    Y, a pesar de todo, InformNapalm ha penetrado en la documentación del programa nuclear ruso, ha identificado a los comandantes de las unidades que masacraron a civiles en Bucha, ha contribuido a la investigación penal del derribo de un avión civil que causó la muerte de 298 personas, ha ayudado a provocar la caída de uno de los ideólogos más poderosos de Putin y ha documentado —en tiempo real y mediante pruebas con nombres concretos— toda la arquitectura operativa de una guerra sobre la que Rusia lleva doce años mintiendo.

    Todo ello fue obra de voluntarios. Financiado por los lectores. Sin respaldo institucional. Sin instrucciones del Gobierno.

    Trabajando a partir del mismo principio que impulsó a tres personas que, en enero de 2014, observaban juntas las retransmisiones del Euromaidán en Sebastopol: que «una llama de información que quema las mentiras del agresor» es un arma que merece ser construida, protegida y recuperada una y otra vez, sin importar el precio.

    Hay algo más que debe decirse con claridad. Algo que Margarita Sokorenko, al conmemorar este aniversario, expresó de una manera imposible de mejorar: la Gran Sala del Tribunal Europeo de Derechos Humanos ya cita los informes de InformNapalm.

    No como lectura complementaria.

    No como simple contexto.

    Como prueba.

    El apartado 472 de la decisión de admisibilidad de la Gran Sala en el caso Ucrania y los Países Bajos contra Rusia —el procedimiento interestatal más amplio de la historia del Tribunal— menciona a InformNapalm junto con el Atlantic Council y Bellingcat.

    El Tribunal considera que los informes de estas organizaciones son «creíbles y serios», que sus autores poseen experiencia y que sus metodologías son sólidas. Asimismo, afirma que «no existen motivos para rechazar las pruebas contenidas en estos informes como categoría de prueba».

    Léanlo de nuevo.

    Un tribunal encargado de determinar la responsabilidad jurídica de los Estados por violaciones de los derechos humanos conforme al derecho internacional ha resuelto formalmente que el trabajo producido por InformNapalm constituye una prueba que puede ser admitida.

    No se trata de un reconocimiento honorífico. Es una determinación jurídica adoptada por la máxima instancia de un tribunal internacional de derechos humanos: la inteligencia de fuentes abiertas elaborada por voluntarios cumple los estándares probatorios necesarios para establecer la responsabilidad de un Estado.

    La metodología que Roman Burko improvisó en un apartamento de Lviv en marzo de 2014 —contrastar publicaciones en redes sociales con registros públicos, geolocalizar fotografías comparándolas con imágenes satelitales y preservar la documentación antes de que fuera eliminada— ha sido validada formalmente como una herramienta de la justicia internacional.

    Lo que esto significa no es complicado. Significa que el archivo no posee únicamente valor histórico. También tiene valor probatorio para la acusación penal.

    Significa que, en principio, cada unidad documentada, cada soldado identificado, cada sistema de armas fotografiado y cada ubicación verificada que InformNapalm ha publicado a lo largo de sus 2.142 investigaciones están a disposición de cualquier tribunal nacional o internacional que decida examinarlos.

    Significa que el frente informativo no está separado del frente jurídico: lo alimenta.

    La documentación conduce a la rendición de cuentas, y la rendición de cuentas no es una metáfora. Rusia está siendo declarada responsable, conforme al derecho internacional, de lo que ha hecho en Ucrania desde 2014. Y una parte de los fundamentos probatorios que sustentan esa responsabilidad fue construida por personas que trabajaron sin cobrar, sin protección institucional y, durante años, sin recibir reconocimiento alguno.

    La lucha de Ucrania siempre se ha desarrollado en varios frentes. Las líneas del frente en Zaporiyia y Jersón constituyen uno de ellos. Las salas de los tribunales de Estrasburgo y La Haya constituyen otro.

    InformNapalm combate en el segundo desde que se disparó el primer tiro en el primero.

    Durante aquel Día del Silencio no hubo escenario, discursos ni ceremonia.

    En este aniversario, las herramientas son considerablemente más eficaces que en el momento en que Burko eligió la documentación en lugar de un fusil guerrillero. El fuego arde cada vez más alto. El archivo contiene ya 2.142 investigaciones, citadas ante tribunales penales, utilizadas para elaborar paquetes de sanciones y capaces de provocar efectos operativos en el campo de batalla apenas once días después de su publicación.

    El camino del autoconocimiento, que los hizo regresar doce veces al principio, ha dado lugar a una organización capaz de penetrar en las estructuras más clasificadas del complejo militar-industrial ruso y publicar lo que encuentra antes del desayuno.

    Nada mal para un sitio web que lleva el nombre del fuego.

    El 30 de marzo, InformNapalm comenzó su decimotercera vuelta.

    La llama continúa.

    Chris Sampson es redactor jefe de NatSecMedia y presentador de The Wire Tap en Substack. Trabaja desde Kyiv desde el 31 de enero de 2022, posee acreditación de prensa militar ucraniana y es autor de Hacking ISIS.



    Artículo original: Chris Sampson | The Wire Tap

    Traducción, adaptación y edición al español: Anna Garsia (Facebook, Instagram).

    Se autoriza y agradece la difusión y reproducción de este material, siempre que se mencione la fuente y se incluya un enlace activo al artículo original.

    Esta publicación se distribuye bajo la licencia Creative Commons — Attribution 4.0 International — CC BY 4.0.

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