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    Ucranianos y chechenos: de la desconfianza a la alianza contra el imperio

    By anna | on 2025-09-08 | 0 Comment | Daguestán | Guerra ruso-ucraniana | Ichkeriana y Chechenia | Mundo | Noticias | Rusia | Ucrania

    El 6 de septiembre se celebró el Día de la Independencia de la República Chechena de Ichkeria.

    Con esta fecha felicito a todos los chechenos amantes de la libertad y les deseo sinceramente la liberación de su patria tan duramente golpeada.

    Hoy, muchos nókchi luchan codo a codo con los ucranianos contra un enemigo común. Y aún más de ellos simpatizan y ayudan a Ucrania en la medida de sus fuerzas.

    Ucrania, por su parte, se ha convertido para los chechenos en un nuevo espacio de actividad política, militar y cultural. Aquí se honra a los héroes de Ichkeria en nombres de calles y placas conmemorativas. Esta es la base de las formaciones armadas de Ichkeria. Los combatientes chechenos han encontrado no solo la posibilidad de vengarse de los rusos, sino también de prepararse para la guerra moderna. Inshallah (como dicen los musulmanes), esa preparación les será útil no solo en Ucrania.

    Kyiv ha dado los primeros pasos, todavía tímidos, hacia el reconocimiento diplomático de Ichkeria. La resolución de la Rada Suprema del 18 de octubre de 2022 rechazó la legitimidad de la soberanía rusa sobre Chechenia.

    Normalmente, una fecha festiva es motivo de celebrar logros. Pero también es útil hablar en voz alta de los problemas y barreras que aún existen entre chechenos y ucranianos. No para reproches ni disputas, sino, al contrario: para crecer en comprensión y confianza mutua.


    Óptica imperial

    Aunque los problemas de percepción mutua son reales, rara vez se convierten en tema de debate abierto. Los ucranianos hablan de los chechenos entre ellos, y los chechenos hacen lo mismo respecto a los ucranianos. Sin intercambio de argumentos, ambas partes permanecen en la ignorancia y sin posibilidad de revisar estereotipos.

    Lo que sigue, desde luego, no describe a todos. Cada persona lo vive de manera distinta.

    Los prejuicios sobre el otro pueblo van desde estereotipos subconscientes hasta convicciones ideológicas firmes. Algunos los expresan en comentarios casuales o actitudes; otros los defienden abiertamente. Incluso la experiencia de trato personal muchas veces no basta. Solo un diálogo sincero y profundo puede ayudar.

    Tanto ucranianos como chechenos cargan con la experiencia de resistirse al imperio. Sin embargo, por inercia, a menudo siguen mirándose a través de la misma óptica imperial.

    En Ucrania persiste cierta mirada orientalista hacia los pueblos del Cáucaso Norte. En esa visión, los chechenos son un pueblo arcaico, ligado por códigos tribales y religiosos, vistos como violentos, radicales y propensos al crimen.
    Mientras tanto, muchos chechenos perciben a los ucranianos como una versión más suave de los rusos: un pueblo sin identidad clara ni historia propia, que se pelea y reconcilia con su «hermano mayor» casi por azar.

    Se trata exactamente de la misma óptica colonial con la que los rusos ven tanto a chechenos como a ucranianos. Rechazamos esas etiquetas sobre nosotros mismos, pero las aceptamos cuando se aplican al otro. Durante mucho tiempo, dependimos del intermediario ruso para conocernos mutuamente. El resultado: seguimos sin entender bien los valores y motivaciones del otro.


    Crisis de confianza

    Los ucranianos han oído hablar de las guerras chechenas, pero saben poco de la estatalidad ichkeriana, de su ideología y objetivos. Eso genera malentendidos: se piensa, por ejemplo, que el régimen despótico de Kadýrov representa la independencia por la que lucharon los muyahidines. «Si Kadýrov es autónomo, si Grozni parece Dubái y la cultura chechena no está amenazada, ¿qué más quieren esos ‘hijos de las montañas’?», concluyen algunos.

    Por su parte, los chechenos suelen desconocer la historia del cosacato ucraniano y de la resistencia del siglo XX, claves para entender la actual guerra con Rusia. Muchos comparan los precios de la independencia en 1991 y llegan a la conclusión de que Ucrania la obtuvo gratis, sin saber darle valor.

    Estos estereotipos existen: los «malorossy» y los «salvajes», por llamarlos de algún modo. Y sí, hay ejemplos que los confirman. Pero no son esas excepciones las que definen la identidad nacional de nuestros pueblos.

    La óptica imperial no solo es injusta: erosiona la confianza, obstaculizando la cooperación contra un enemigo común. Algunos ucranianos temen que colaborar con «terroristas» mancha su reputación, y dudan de si la causa ichkeriana tiene futuro. Muchos chechenos, en cambio, sospechan que Kyiv puede traicionarlos en cualquier momento, reconciliándose con Moscú «en familia».


     Rivalidad entre luchadores por la libertad

    Los chechenos suelen mostrarse algo condescendientes ante los arrebatos rusofobias de los ucranianos. Los consideran neófitos. Ellos, los muyahidines, saben cuál es el verdadero precio de Rusia y conocen su entraña. Las guerras ruso-chechenas fueron una advertencia temprana, desoída tanto por Ucrania como por el resto del mundo. Si Rusia hubiera sido detenida en Grozni, nunca habría llegado a Mariúpol. Sin Samashki, no habría habido Bucha.

    Estos argumentos son ciertos, siempre que no se exageren. A los chechenos les duele sinceramente cuando los ucranianos los ignoran y comienzan a contar la era del imperialismo ruso solo a partir de sí mismos: desde 2014 o 2022. Al mismo tiempo, la mayoría de los chechenos no son plenamente conscientes de que la crónica de la lucha armada de Ucrania por la independencia se remonta, al menos, a 1917.

    La ilusión de una «Ucrania hermana de Rusia» se sostiene no solo en los mitos de la solidaridad eslava y ortodoxa, sino también en el aparente período pacífico de coexistencia entre Kyiv y Moscú, precisamente cuando en el Cáucaso se libraban guerras sangrientas. Con otros factores de influencia, Rusia inculcó entonces en Ucrania el relato de los «chechenos malvados». Lamentablemente, existen también algunos episodios vergonzosos de entrega a los rusos de combatientes chechenos que intentaban encontrar refugio temporal en Ucrania.

    La Ucrania postsoviética durante mucho tiempo navegó en el mismo rumbo que Moscú. Pero la Chechenia independiente, en esencia, también aspiraba a ello. Dzhokhar Dudáyev y Aslán Masjádov mantuvieron prácticamente de manera continua negociaciones con Rusia, ofreciéndole concesiones diversas. Todo con tal de lograr una convivencia pacífica y el reconocimiento. Los intentos de llegar a un acuerdo no cesaron ni siquiera bajo la plena ocupación rusa. Es necesario reconocer lo evidente: la guerra siempre fue una elección de Moscú. Si en 1994 Rusia hubiera comenzado por Crimea y no por Chechenia, hoy no serían los chechenos, sino nosotros, quienes estaríamos en el papel de profetas no escuchados.

    Mientras los ucranianos recuerdan cada vez más a los precursores ichkerianos y empiezan a compararse con ellos, de inmediato emerge el orgullo checheno. «Ucrania pelea en condiciones ‘cómodas’, con pleno apoyo de Occidente.» A los muyahidines nadie les ayudó, y la desproporción de fuerzas era cien veces mayor. Ucrania defiende su territorio con tanques y aviones, y cuenta con una retaguardia estable. Mientras tanto, el ‘átomo checheno’ era un lanzagranadas. La guerra de guerrillas es más dura, más sacrificada y más heroica. ¡A ver si los ucranianos fanfarrones hubieran podido luchar así!».

    Los ucranianos lo intentaron, solo que hace tiempo: en los años veinte y en los cuarenta. El enemigo era el mismo y los métodos genocidas también. La única diferencia es que en Ucrania los chekistas combatían contra atamanes y destacamentos insurgentes, mientras que en el Cáucaso Norte de nuestra época lo hacían contra emires y yamaats. Por gran fortuna, Ucrania no tiene que atravesar de nuevo ese infierno. Además, la pirámide demográfica en Ucrania ya no permitiría repetir una guerra de guerrillas total.

    Es importante entender que el relativo equilibrio en las capacidades militares permite a Ucrania librar la guerra contra Rusia bajo reglas civilizadas y con respeto —hasta donde es posible— del derecho internacional humanitario. A los misiles respondemos con misiles. Los partisanos chechenos, en cambio, solo podían responder a los misiles rusos con sabotajes y atentados. El terrorismo fue la guerra de los débiles, una estrategia de desesperación. Los terroristas chechenos mataron a civiles del mismo modo que lo hicieron los militares rusos. Pero, debido a esas muertes, la reputación de los chechenos sufrió mucho más que la de los rusos. Es la gran paradoja de la percepción: lanzar bombas aéreas sobre una columna de refugiados parece un método de asesinato más «civilizado» que detonar un cinturón suicida en medio de una multitud.

    La acusación de colaboracionismo

    Resulta doloroso que algunos ucranianos se permitan culpar a la sociedad chechena de pasividad o de inclinaciones prorrusas, reprochándole la ausencia de levantamientos aquí y ahora. Quizás esos ucranianos no terminan de comprender la magnitud de lo que ocurrió en Chechenia antes de que el faro de libertad se convirtiera en la satrapía de Kadýrov. Tres décadas de resistencia armada, cientos de miles de muertos, cientos de miles de refugiados y emigrantes. Genocidio, «chechenización«, propaganda delirante y sobornos. Y todo esto en una república más pequeña que una sola provincia de Rivne, con apenas un millón y medio de habitantes. Los reproches de este tipo constituyen una falta de respeto grosera hacia todos los luchadores contra el imperio, del pasado y del presente.

    Las etapas críticas de la historia contemporánea de Ucrania coincidieron en el tiempo con la pérdida de los principales líderes de la resistencia chechena clandestina. El presidente legítimamente electo de la República Chechena de Ichkeria, Aslán Masjádov, fue asesinado en marzo de 2005, poco después de la victoria de la Revolución Naranja. El creador y primer emir del Emirato del Cáucaso, Doka Umarov, murió envenenado en el otoño de 2013, en vísperas del Euromaidán, de la ocupación de Crimea y del inicio de la ATO. Aslán Byutukáyev, el último líder de la resistencia armada organizada en el Cáucaso Norte, fue abatido a comienzos de 2021, apenas un año antes de la invasión rusa a gran escala contra Ucrania.

    Al reprochar a los chechenos libres por los kadýrovtsy colaboracionistas, los ucranianos deberían primero preguntarse: ¿cuántos portadores de pasaportes azules con el tridente combaten hoy contra Ucrania del lado de Putin? Y se podría ir aún más lejos, recordando la enorme cantidad de ucranianos y descendientes de ucranianos que, en las filas de las fuerzas federales, participaron en la represión de la lucha de liberación en el Cáucaso Norte. El criminal de guerra más conocido de aquella época, Yuri Budánov, nació en la región de Donetsk y se graduó en la Escuela de Tanques de Járkiv. Probablemente, sus padres permanecieron en Jártsizk y siguieron siendo ciudadanos de Ucrania.

    La moraleja de la historia con los kadýrovtsy es simple: si pierdes tu propia guerra de liberación contra Rusia, después acabarás ayudando a Rusia a derrotar a otro pueblo. Putin conquista Ucrania para que, mañana, los ucranianos conquisten Europa para él. Al fin y al cabo, esto ya ha ocurrido antes. Creer que la actual agresión rusa ha vacunado para siempre a los ucranianos contra la subordinación a Moscú es una peligrosa ilusión.


     ¿Por qué en Ucrania no habrá un Kadýrov?

    En la historia de los mankurt* hay un matiz esencial. ¿En qué se diferencia un ucraniano como Yuri Budánov de un checheno como Apti Alaudínov? El primero fue oficial ruso y nunca se presentó como guerrero ucraniano. Lo mismo ocurre con la inmensa mayoría de los militares vinculados a Ucrania que sirvieron bajo la bandera del Kremlin. Los ucranianos bajo el tricolor ruso pasan desapercibidos.

    Con los kadýrovtsy, la situación es distinta. Ellos exhiben su chechenidad, compiten con los ichkerianos por el derecho a proclamarse herederos de Baisangur y del imán Mansur.

    Los chechenos antiputinistas se indignan cuando se topan con la chechenofobia cotidiana en Ucrania. Una y otra vez tienen que recordar que los kadýrovtsy no deben llamarse chechenos. Pero para el ciudadano ucraniano común esta diferencia no siempre es evidente. Por los atributos externos, puede parecer que en esta guerra existen dos ejércitos chechenos: uno en el bando ucraniano y otro en el ruso. Y es objetivamente más fácil para los ucranianos ignorar su propio colaboracionismo que el ajeno.

    Ahora bien, eso no significa que los chechenos sean más mankurt que los ucranianos. Los límites de lo permitido en la autoexpresión nacional no los marcan los colaboradores, sino Moscú. A los kadýrovtsy se les permite ser chechenos. A los «malorossy», en cambio, no se les permite ser ucranianos. La razón de este trato desigual radica en los distintos papeles que asigna el imperialismo ruso: para el Kremlin, los chechenos son «nuestros hijos de perra», mientras que los ucranianos son un recurso demográfico destinado a la absorción total por parte del «pueblo estatal» ruso.

    Kadýrov tiene derecho a sus danzas tribales con tambor. Pero la Chechenia de Kadýrov es un despotismo clánico impuesto por Rusia en un país derrotado y ocupado. Es la antítesis del ideal de libertad chechena. Además del terror cotidiano y la adulación servil, en esa república predomina también —aunque menos visible para los ucranianos— una fuerte opresión religiosa. La versión kadýroviana del islam es ajena para muchos de sus súbditos, pero no tiene alternativa en el espacio público.

    El demonizado Kadýrov cumple el papel de pararrayos cuando se trata de los excesos más extremos de la cotidianeidad rusa. Lo mismo ocurre con la idea de una guerra imaginaria entre Chechenia y Ucrania: una farsa en la que invierten no solo Kadýrov, sino también los rusos, desde el propagandista oficialista Soloviov hasta el opositor Kara-Murzá. ¿Quién comete atrocidades en Ucrania, sino los «salvajes chechenos»? ¿Y podrá un ucraniano, después de esos crímenes, tender la mano a un checheno para luchar juntos contra Moscú? ¿No sería mejor reconciliarse con los «hermanos eslavos»? A conclusiones como estas está orientado todo ese espectáculo.

    Los ucranianos deben comprender qué significa la Chechenia de Kadýrov. Y los chechenos, a su vez, deben entender qué representa para Ucrania la noción de «hermandad eslava». La nación ucraniana no necesita tutores ni hermanos mayores. El origen étnico común o la religión compartida no son criterios determinantes para elegir aliados. La guerra actual contra Rusia es, ante todo, una lucha por preservar la identidad nacional propia: lengua, cultura, historia. Elementos que difieren de los rusos, por mucho que lo niegue la propaganda de Putin.

    Los ucranianos son una nación de guerreros, al igual que los chechenos. En condiciones “cómodas” o no, siempre resistirán al invasor. La apuesta de los pueblos sometidos por cooperar con Ucrania es una apuesta ganadora. La derrota de los ucranianos sería también la derrota de los chechenos.


    * mankurt — término de Asia Central para referirse a personas que pierden la memoria y la identidad de su propio pueblo, usado aquí en sentido figurado.

    La elección de aliados

    Las discrepancias entre chechenos y ucranianos también se manifiestan en el terreno de la política internacional. La actitud de muchos chechenos hacia Occidente es, en general, negativa, y esa desconfianza se proyecta también sobre Ucrania. En primer lugar, porque Occidente decepcionó a los chechenos: nunca apoyó su guerra de liberación ni castigó a Moscú por el genocidio, pese a sus tan proclamados principios. En segundo lugar, porque Occidente se percibe como una fuerza imperialista que oprime a los pueblos musulmanes, con los que los chechenos mantienen una fuerte solidaridad religiosa. En tercer lugar, porque muchos aspectos del liberalismo occidental resultan inaceptables para quienes viven bajo una moral religiosa más conservadora.

    Kiev, en cambio, busca relaciones amistosas con todo el mundo, pero la cooperación con Occidente es prioritaria. Son los países occidentales los que más invierten en la resistencia y la defensa ucraniana. Las naciones europeas constituyen, además, un modelo de organización social para Ucrania. Sin embargo, el nivel de dependencia de Ucrania respecto a Estados Unidos y Europa suele ser exagerado, incluso por los propios chechenos. El armamento occidental es vital, pero siempre insuficiente y, en los primeros días y semanas críticos de la invasión de 2022, prácticamente inexistente. Los aviones y tanques de nuestros socios no cayeron del cielo: fueron fruto de la lucha desesperada de la diplomacia ucraniana. Ni Bruselas ni Washington pueden ordenar a Ucrania rendirse o aceptar determinadas condiciones. Dependemos de ellos, sí, pero no somos marionetas.

    Kiev no logrará convencer a los chechenos de amar a Europa. Menos aún a aquellos que llevan décadas viviendo como refugiados en países europeos tras huir de la ocupación rusa. Nuestras relaciones con los chechenos deben ser lo suficientemente pragmáticas y flexibles como para aceptar las diferencias existentes en la manera de ver el mundo. Al fin y al cabo, la sociedad ucraniana es pluralista, y en ello radica nuestra fuerza, no nuestra debilidad. Cada día encontramos puntos de entendimiento con conciudadanos distintos a nosotros. ¿Cómo no habríamos de encontrar un lenguaje común con los pueblos oprimidos por Rusia?

    Los chechenos, a su vez, deben comprender que Ucrania no es un bloque monolítico, sino un crisol en ebullición. Aquí conviven ciudadanos conscientes y otros menos, hay amigos y también detractores. La cooperación siempre es posible, pero exige esfuerzos: buscar aliados, tender puentes, defender los propios intereses.

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    📌

    La publicación fue preparada especialmente para los lectores del sitio web de la comunidad internacional de inteligencia voluntaria InformNapalm.
    Traducción y edición al español: Anna Garsia.

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