
Roman Burko, fundador de InformNapalm, una comunidad internacional de inteligencia de fuentes abiertas (OSINT).
La guerra por la identidad: el frente que Rusia no puede controlar
Introducción
La idea para este artículo surgió como una especie de revelación mientras escuchaba una de las recientes entrevistas del periodista y escritor británico Peter Pomerantsev para Ukraїner Q.
Sin embargo, esta reflexión también fue inspirada por las historias personales de tres personas a las que conocí durante los últimos doce años. Los tres se convirtieron en voluntarios activos de la comunidad internacional InformNapalm y ayudaron a recopilar una gran cantidad de información de inteligencia sobre instalaciones militares rusas y criminales de guerra.
Los une una característica importante: todos tienen raíces ucranianas, pero crecieron en Rusia y poseen ciudadanía rusa. En algunos casos, la madre o el padre eran ucranianos; en otros, los abuelos. Son personas de diferentes edades, profesiones y trayectorias de vida, pero comparten algo fundamental: un profundo deseo de luchar por la justicia.
Y para materializar ese deseo no eligieron el camino de las protestas simbólicas e individuales, sino el de la resistencia desde dentro del sistema: la recopilación de inteligencia y la ayuda a Ucrania desde la retaguardia profunda de un entorno saturado de propaganda rusa y visión imperial del mundo.
Estas historias me llevaron a reflexionar sobre algo que a menudo pasa desapercibido. La guerra entre Ucrania y Rusia no es únicamente una guerra por territorios o influencia geopolítica. También es una guerra por las personas, por la identidad y por el derecho de cada individuo a decidir quién es realmente, más allá de los condicionamientos de una ideología imperial.
Adicionalmente, quiero agradecer las valiosas observaciones realizadas por Maksym Maiorov, del Centro de Investigación del Entorno de Seguridad Prometeo. Resulta simbólico que, justo cuando le pedí que revisara el borrador de este texto, él también estuviera escuchando la entrevista de Peter Pomerantsev que inspiró estas reflexiones.
En cierto modo, este artículo es el resultado de una interesante convergencia de ideas, experiencias y observaciones de personas que, desde perspectivas diferentes, han visto muy de cerca cómo funciona el paradigma imperial ruso y cómo este comienza gradualmente a mostrar signos de agotamiento.
Cómo Ucrania puede romper el paradigma imperial ruso y atraer su recurso humano hacia su lado
En una de sus entrevistas, Peter Pomerantsev habló del narcisismo colectivo como uno de los pilares fundamentales de la sociedad rusa y de su pensamiento imperial.
Esta idea me pareció extraordinariamente precisa, porque coincidía con mi propia experiencia de vida en las regiones fronterizas de Ucrania dentro del espacio postsoviético.
Me refiero, ante todo, al Donbás y a Crimea, regiones que durante las décadas de 1990 y 2000 estuvieron repletas de personas de origen ucraniano que habían perdido o escondido profundamente su identidad ucraniana mientras intentaban adoptar el paradigma imperial rusa.
En Sebastopol, durante la década de 2010, solía bromear diciendo que una parte de los habitantes locales intentaba representar de forma tan caricaturesca y pomposa el papel de «rusos» que, en ocasiones, daba la impresión de que querían ser más rusos que los propios rusos.
Esto se manifestaba en las conversaciones cotidianas, en la exhibición constante de una memoria imperial, en el culto a los símbolos militares soviéticos y en una manera muy particular de hablar sobre la «grandeza» de Rusia y el llamado «Russkiy Mir» («mundo ruso»).
Procesos similares podían observarse también en el Donbás, donde nací y pasé mi infancia y juventud.
Allí tampoco faltaban las manifestaciones caricaturescas de la «rusidad», aunque a menudo se combinaban con otra ilusión: el culto al llamado «éxito del éxito», que muchas personas asociaban con sus viajes temporales a Moscú para desempeñar trabajos ocasionales y ganar dinero extra, conocidos popularmente como «shabashki».
Para muchos de ellos, Moscú representaba el centro del poder, del dinero y del prestigio social.
Sin embargo, esas mismas personas reconocían con frecuencia que se trataba de un territorio gobernado por las «leyes de la jungla», donde uno podía trabajar honestamente durante un mes entero en una obra de construcción y no recibir nada a cambio, o incluso ser víctima de grupos criminales locales que decidían simplemente «engañar al ucraniano».
Y aquí aparece la principal paradoja.
A pesar de todos los intentos por ocultar su origen ucraniano, cambiar al idioma ruso y asimilarse, en la propia Rusia los inmigrantes procedentes de Ucrania seguían siendo llamados despectivamente «jojly» y tratados como personas de una categoría inferior.
Los habitantes del este de Ucrania y de otras regiones que se trasladaban a Rusia podían pasar años intentando convertirse en parte de la identidad imperial, pero el imperio seguía sin considerarlos iguales a la llamada «nación titular».
Por eso, desde el comienzo de la agresión híbrida rusa contra Ucrania en 2014, la narrativa propagandística sobre el supuesto «pueblo único» siempre me pareció artificial.
Artificial porque Rusia nunca buscó realmente la igualdad ni la fraternidad.
Lo que perseguía era diluir la identidad ucraniana para facilitar la implantación de sus propios relatos y ejercer una influencia cognitiva sobre la población de un país contra el que llevaba años librando una guerra.
Precisamente esta reflexión me llevó a pensar que una parte significativa de los ucranianos que aceptaban las reglas de este juego e intentaban mimetizarse con la identidad rusa acababan, de forma inconsciente, cayendo bajo la influencia del narcisismo imperial.
Ellos mismos se convertían en producto de ese fenómeno y posteriormente contribuían a reproducirlo.
Existe un dicho que afirma que el peor amo suele ser un antiguo esclavo.
De la misma manera, uno de los servidores más crueles del sistema imperial del Kremlin, empeñado en demostrar constantemente su lealtad, suele ser una persona que en algún momento tuvo otro origen, pero terminó adoptando por completo el modelo imperial.
Quizá por eso vemos con tanta frecuencia entre militares rusos, oficiales y representantes de los organismos de seguridad a personas con apellidos ucranianos o biografías vinculadas a Ucrania.
Un ejemplo es el criminal de guerra ruso Serguéi Atroshchenko, actualmente general de división de las Fuerzas Armadas de Rusia.
Nació en la ciudad de Ovruch, en la región ucraniana de Zhytómyr, se trasladó posteriormente a Rusia y allí construyó toda su carrera militar.
Fue una de las personas responsables de ordenar los bombardeos contra el teatro dramático y el hospital de maternidad de Mariúpol, dos de los ataques más conocidos cometidos por Rusia durante la invasión a gran escala.
Tras obtener educación, oportunidades profesionales y reconocimiento social en Rusia, estas personas adoptaban el paradigma imperial y comenzaban a servir no a sus raíces, sino a los intereses del Kremlin.
En algunos casos, incluso intentaban ganarse el favor de Moscú con más fervor que muchos rusos étnicos.
Y este fenómeno no es exclusivo de los ucranianos.
También puede observarse entre representantes de otros pueblos que en distintos momentos fueron sometidos por el imperio ruso.
Pero ahora está ocurriendo un proceso diferente.
Cuanto más demuestra Ucrania su capacidad de actuar como un sujeto independiente —militar, tecnológico, político y moral—, más personas dentro de la propia Rusia empiezan a salir de la oscuridad imperial.
El mito de la «grandeza rusa» comienza a resquebrajarse.
Las personas empiezan a buscar la verdad, nuevos significados, su propia identidad y una conexión auténtica con su origen real.
Algunos llegan incluso a investigar literalmente su árbol genealógico.
Buscan información sobre sus abuelos y bisabuelos, revisan archivos, fotografías antiguas y documentos familiares, intentando comprender en qué momento la historia de su familia perdió su punto de apoyo original.
Para algunos, se trata de historias de deportaciones, desplazamientos forzosos o campos de trabajo.
Para otros, de familiares que se trasladaron voluntariamente a Rusia en busca de una vida mejor y terminaron atrapados en una dinámica de asimilación imperial.
Esta es una de las razones por las que el Kremlin intenta hoy limitar de manera cada vez más agresiva el acceso a Internet, a los servicios de mensajería más populares, a Telegram, a plataformas independientes y a distintos servicios digitales.
Este año, en Rusia fue aprobada una ley que prohíbe la transferencia de datos genéticos de una persona a individuos o entidades extranjeras con fines de «investigación genética e inmunológica poblacional».
En la práctica, esto supone una criminalización indirecta del uso por parte de ciudadanos rusos de populares servicios de genealogía genética como MyHeritage y FamilyTreeDNA, gracias a los cuales miles de personas en todo el mundo descubren sus orígenes y encuentran familiares consanguíneos.
Porque al comunicarse con el mundo exterior, investigar su propia historia y conocerse mejor a sí mismos, los ciudadanos de la Federación Rusa podrían replantearse quiénes son realmente, redescubrir sus raíces y construir nuevos significados para sus vidas.
Y no necesariamente en un contexto ucraniano.
Para algunos, este proceso puede significar el regreso a la identidad de pequeños pueblos indígenas, culturas regionales o tradiciones familiares olvidadas.
Para otros, puede representar el redescubrimiento de su propio origen ancestral.
Y para Moscú, cualquier forma de autoidentificación alternativa constituye una amenaza.
Porque un imperio solo puede sostenerse mientras todos sus súbditos acepten considerarse parte de la llamada «gran civilización rusa».
Y es precisamente aquí donde se abre para Ucrania una ventana estratégica de oportunidades que, por ahora, muy pocas personas han comprendido en toda su magnitud.
La tendencia hacia un cambio de identidad dentro de la propia Rusia todavía no se ha convertido en un fenómeno masivo.
Sigue siendo difusa, fragmentaria y, en muchos casos, permanece oculta incluso para las propias personas que la experimentan.
Pero ya existe.
La observan quienes trabajan directamente con el entorno ruso: los servicios especiales ucranianos, diversas iniciativas de voluntarios, comunidades OSINT como InformNapalm y organizaciones no gubernamentales como Prometeo, que desde hace años colaboran con ucranianos étnicos y representantes de otros pueblos sometidos dentro de la propia Federación Rusa.
Durante los últimos años se ha hecho evidente una realidad:
En Rusia existen personas que formalmente poseen ciudadanía rusa, pero que interiormente ya no desean seguir formando parte del modelo imperial.
Algunas de ellas están dispuestas no solo a simpatizar con Ucrania, sino también a actuar a su favor, arriesgando su libertad, su posición social e incluso su vida.
Y la parte ucraniana ya ha comenzado, de manera intuitiva, a explorar un nuevo principio.
El derecho a formar parte de la nación política ucraniana puede definirse no solo por el origen étnico o por un pasaporte, sino también por la elección personal, la acción, la responsabilidad y la disposición a luchar por la libertad y la justicia.
Por ahora, son apenas los primeros brotes de esta tendencia.
Historias aisladas.
Decisiones locales.
Casos individuales.
Pero quizá sea precisamente aquí donde comienza a formarse una de las futuras estrategias de Ucrania.
No se trata de la figura del «buen ruso».
Ese concepto está condenado al fracaso desde el principio, porque mantiene a la persona dentro del mismo marco imperial.
La alternativa es algo completamente diferente.
Es la posibilidad de regresar a las propias raíces, de reencontrarse con la verdad sobre uno mismo y de aspirar no a convertirse en un «buen ruso», sino en un verdadero ucraniano mediante la elección personal, la responsabilidad y el servicio.
Y es precisamente aquí donde Ucrania puede, por primera vez en muchos siglos, comenzar a actuar no como objeto de la política imperial de otros, sino como un sujeto capaz de crear su propio modelo de atracción.
Durante décadas, Rusia extrajo de Ucrania personas, talento, recursos, identidad e historia.
Rusificó.
Asimiló.
Absorbió.
Y en los últimos años el imperio ha ido aún más lejos, librando contra Ucrania una auténtica guerra demográfica.
Destruye a la población civil.
Desucraniza los territorios ocupados.
Obliga a los jóvenes ucranianos a huir al extranjero en busca de seguridad.
En el punto de mira se encuentran las futuras generaciones de ucranianos.
Los niños.
En 2023, la Corte Penal Internacional de La Haya emitió una orden de arresto contra Vladímir Putin precisamente por uno de los crímenes de guerra más graves: la deportación ilegal de niños ucranianos a Rusia.
Allí intentan convertir a esos niños en personas privadas de memoria, raíces e identidad, individuos a los que en el futuro pueda utilizarse para nuevas guerras imperiales.
Putin repite constantemente que está dispuesto a «luchar hasta el último ucraniano».
Porque su concepto de «un solo pueblo» significa, en realidad, una sola cosa:
Que ese pueblo deje de ser ucraniano y se convierta en ruso.
Debemos reconocer que la política genocida del Kremlin ya ha provocado pérdidas demográficas catastróficas.
La forma de compensar esos daños constituye hoy una cuestión tan urgente como dolorosa para Ucrania.
La natalidad no aumenta y la supuesta perspectiva de una inmigración masiva procedente de Bangladesh se ha transformado en otro de los «espantajos» utilizados en el debate público, alimentado además por operaciones psicológicas y campañas de desinformación del enemigo.
Pero ahora Ucrania tiene la oportunidad de invertir este proceso.
Dejar de ser un donante de población para el imperio y convertirse en un receptor de nuevos ciudadanos dispuestos a romper con el pasado imperial.
Y puede hacerlo, no mediante la coerción.
No mediante el secuestro de niños ni mediante campos de reeducación.
No mediante el odio étnico.
Sino demostrando voluntad de vivir, voluntad de vencer y capacidad de construir un modelo exitoso frente a un imperio en bancarrota.
Mediante la creación de un sistema en el que una persona pueda ganarse el derecho a formar parte de la nación política ucraniana a través de sus propias decisiones y de sus propios actos.
Y esto no se limita únicamente a los ucranianos étnicos que viven en Rusia.
El modelo imperial se sostiene sobre una enorme cantidad de identidades reprimidas: desde pequeños pueblos hasta personas que simplemente ya no quieren vivir dentro de un sistema basado en la mentira, el miedo, el culto al odio y la guerra interminable.
Ucrania, en cambio, puede ofrecer un modelo diferente:
No un imperio de sometimiento, sino una nación política basada en la participación.
Precisamente por eso, la lucha contra Rusia no es únicamente una lucha por territorios.
Es una lucha por las personas, por la identidad y por el futuro modelo civilizatorio de toda la región.
Quizá Ucrania debería comenzar ya a desarrollar mecanismos más amplios y comprensibles para integrar a quienes estén dispuestos a actuar en defensa de sus intereses.
No, personas que se limiten a «arrepentirse» de forma declarativa.
Sino personas dispuestas a trabajar, asumir riesgos, servir, ayudar, combatir por Ucrania y vincular su futuro al futuro del Estado ucraniano.
Pero una simple invitación no será suficiente.
Debemos desempeñar un enorme trabajo interno para preparar a la sociedad ucraniana para aceptar como futuros conciudadanos a personas procedentes «del otro lado de la frontera rusa».
Tanto a los ucranianos que buscan regresar a sus raíces étnicas como a quienes desean convertirse en parte de la nación política ucraniana por elección propia.
La sociedad ucraniana, profundamente traumatizada por la guerra, ya atraviesa un importante conflicto interno debido a la desigual contribución de distintos grupos de ciudadanos al esfuerzo común por la victoria.
Y ahora surge una pregunta difícil:
¿Estamos preparados para invitar a personas procedentes del país agresor?
Esta cuestión exige un contrato social y un consenso nacional.
Exige la construcción de una estrategia profunda para la recuperación del capital humano.
Porque si Ucrania no logra alcanzar un acuerdo social con antiguos ciudadanos de la Federación Rusa que mantienen posiciones claramente antiimperiales, en el futuro tendrá que alcanzarlo con grupos migratorios mucho menos integrados culturalmente.
También existen problemas más concretos y cotidianos.
La actual política migratoria de Ucrania resulta sorprendentemente contraproducente.
Un gran número de veteranos extranjeros que participaron en la defensa de Ucrania frente a la agresión rusa lleva años esperando la concesión de la ciudadanía ucraniana.
Existen incluso casos vergonzosos de deportaciones que terminaron enviando a determinadas personas directamente a manos del enemigo.
Ha llegado el momento de comprender que se trata de una cuestión de supervivencia nacional.
Por ello, la burocracia debe pasar a un segundo plano y ofrecer más espacio para incorporar a personas de otros países a la nación política ucraniana.
La pertenencia étnica puede ser uno de los factores a considerar, pero no debe convertirse en la única condición.
Dentro de la propia Ucrania viven miles de personas que mantienen matrimonios mixtos con ciudadanos de la Federación Rusa y que han pasado una parte importante de su vida en Ucrania.
Sin embargo, debido a normas obsoletas y obstáculos burocráticos, siguen sin poder obtener la ciudadanía ucraniana.
Y ello a pesar de que, durante esta guerra, han contribuido a acercar la victoria de Ucrania.
Conozco personalmente historias de este tipo.
La verdadera competencia del siglo XXI
Los Estados del siglo XXI ya no compiten únicamente por territorios.
Compiten por personas.
Por talento.
Por motivación.
Por ideas.
Por significados.
Y por modelos de futuro.
Si Ucrania aprende a transformar el recurso humano del imperio en una fuente de fortaleza propia, podría disponer de una de las herramientas más eficaces para erosionar el paradigma imperial ruso desde dentro.
No solo mediante drones, misiles o presión económica internacional.
Sino destruyendo el principal fundamento sobre el que se sostiene cualquier imperio:
La creencia de que formar parte de Rusia es más prestigioso, más poderoso y ofrece más futuro que ser uno mismo.
Es precisamente en ese momento cuando un imperio empieza a perder de verdad.
Análisis elaborado por Roman Burko, fundador de InformNapalm, una comunidad internacional de inteligencia de fuentes abiertas (OSINT) cuyos materiales han sido utilizados en investigaciones internacionales, incluida la investigación sobre el derribo del vuelo MH17.
La publicación fue preparada especialmente para los lectores del sitio web de la comunidad internacional de inteligencia voluntaria InformNapalm.
Traducción y edición al español: Anna Garsia (Facebook, Instagram).
Se alienta la difusión y reproducción material con mención de la fuente. (Creative Commons — Attribution 4.0 International — CC BY 4.0) Sigue las páginas de la comunidad InformNapalm en las redes sociales: Facebook/ Тwitter/ Telegram/ Slate (Sl8).
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